Ya sabes que en Happy Belly creemos que lo que llevamos puesto no solo nos viste, también nos cuida. Por eso trabajamos con fibras lo más naturales posible. Cuando decidimos tejer un haramaki de punto probamos varias opciones, y la que mejor se portaba alrededor de la cintura era la lana merino. Es suave y ligera, abriga sin agobiar y tiene algo que nos enamoró: se estira y vuelve a su sitio, como si tuviera memoria. Aquí te contamos lo que hemos aprendido de ella estos meses.

Foto de Martin Schmidli Unsplash

Un origen cercano

La oveja merina es nuestra, en el sentido más literal, porque nació en la Península Ibérica en la Edad Media. Puede que su nombre venga de los benimerines, la dinastía norteafricana con la que llegaron rebaños a la península, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo.

Durante siglos, los rebaños de la Mesta cruzaban Castilla de norte a sur siguiendo los pastos. Su lana era tan fina y tan codiciada en toda Europa que España la guardaba como un tesoro: sacar una merina del reino estaba totalmente prohibido y se castigaba con dureza.

Pero el secreto no podía durar para siempre y en 1765 las merinas viajaron como regalo real a Sajonia. Y en 1786 a Francia, donde Luis XVI fundó el rebaño de Rambouillet. A finales de siglo llegaron a Sudáfrica y de allí a Australia, que en el XIX se convirtió en su gran casa. Hoy buena parte de las merinas del mundo pastan en Australia y Nueva Zelanda, al otro lado del planeta, pero su historia empezó muy cerca de aquí.


Qué quiere decir «extrafina»

La finura de la lana se mide en micras, que son milésimas de milímetro: el grosor de cada fibra. Cuanto más fina, más suave y flexible al tacto. Si de pequeña tuviste un jersey que picaba, la culpa era de unas fibras gruesas y rígidas que, en vez de doblarse, raspaban la piel.

La merina ya es fina de por sí. Para llamarla extrafina, The Woolmark Company pide que la fibra mida de media 19,5 micras o menos. Para hacerte una idea, un cabello nuestro es varias veces más grueso.

Por eso es tan amable con la piel, y por eso la queríamos para nuestro haramaki, que se lleva a menudo por debajo de la ropa, pegado al cuerpo durante todo el día.


Lo que nos gusta de ella

Además de la suavidad, hay otras cualidades que enseguida notas con el uso del día a día:

Te abriga sin agobiar. Los rizos de la fibra guardan aire, así que estás a gusto en el frío de la calle y también cuando entras en un sitio con la calefacción puesta. Es buena compañera para estos cambios de temperatura.

Absorbe la humedad y la suelta poco a poco, sin ese frío húmedo que dejan otros tejidos pegado a la piel.
Y tarda en coger olores: casi siempre basta con airearla un rato entre usos para que esté como nueva. Así la lavas menos y te dura más.

¡Decir que es ligera se queda corto! Pesa realmente poco para lo mucho que abriga. Por eso va tan bien en prendas pequeñas que no te quitas en todo el invierno, como haramakis, mitones, gorros o cuellos.

Las ovejas crían un vellón nuevo cada año, y cuando una prenda de lana llega al final de su vida, la fibra vuelve a la tierra. Eso con las sintéticas no pasa.

Y por último está su elasticidad, tan sorprendente, que nos hizo decidirnos.


Canalé: estiras y vuelve

Cada fibra de merino tiene un rizo natural que funciona como un muelle diminuto. La estiras y vuelve.

Un haramaki tiene un reto muy concreto: ceñirse a la cintura sin apretar y seguir haciéndolo después de muchos usos. En punto, lo normal es añadir elastano para conseguirlo. Nosotras queríamos ver si la lana podía hacerlo sola.

La respuesta la encontramos tras infinidad de pruebas: estaba en el canalé, ese punto que alterna columnas del derecho y del revés y que conoces de los puños de los jerséis. En reposo, las columnas se recogen como un acordeón; cuando estiras, se abren. Súmale el rizo de la merino y tienes un tejido que se adapta al cuerpo y recupera su forma.

Así nació el nuevo haramaki: 100% lana merino extrafina, sin elastano ni ninguna otra fibra, tan solo pura lana. Se adapta a tus curvas y te abraza sin apretar.


El sello Woolmark

Woolmark es seguramente el sello de lana más conocido del mundo, y seguro que has visto su característico símbolo en chaquetas y jerséis. Lo gestiona The Woolmark Company desde 1964 y certifica la calidad: que es lana virgen y que el hilo o el tejido pasa unas pruebas de laboratorio.

Nuestro hilo lleva la versión Merino Extra Fine. Quiere decir que es lana virgen pura, sin mezclas, que se hila por primera vez y no sale de reciclar otras prendas, y que la fibra mide 19,5 micras o menos. Tiene también la certificación OEKO-TEX Standard 100, que analiza el hilo en busca de sustancias nocivas para la salud.


Cómo cuidarla para que dure

Una prenda de merino bien cuidada te acompañará muchos inviernos. El gran secreto es lavarla poco.

  1. Después de usarla, déjala airear unas horas, extendida.
  2. Cuando toque lavarla, mejor a mano, en agua fría y con jabón neutro.
  3. No uses lejía ni secadora.
  4. Sécala en plano y sin retorcerla, para que el canalé no pierda la forma.
  5. Si hace falta, plánchala a temperatura suave.


De momento te ofrecemos productos con lana merino en dos líneas:

El nuevo Haramaki Lana Merino es el de canalé 100% merino, con ribete a tono en la cintura. Lo tienes en cuatro colores atemporales: Azul Marino, Verde Botella, Granate y Marrón Castaño.

La Serie Fuji se inspira en los paisajes de Japón. Además del haramaki tienes mitones, gorros y cuellos, todos tejidos sin costuras en merino extrafina con certificación RWS, un sello que garantiza el bienestar animal en la obtención de la lana.

Con la talla no hay mucho misterio: como el canalé cede, coge la que usas normalmente. Si tienes dudas, mira la Guía de tallas. Y si es tu primer haramaki, empieza por qué es un haramaki.

Prueba la Lana Merino, una fibra que nació aquí, que viajó por medio mundo y se siente como un suave abrazo.


Fuentes 

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